A la deriva…
Algunos días duermo los días dormidos, para no notar la pesadilla de la vida. Despierto enraizado al alcance de las vías del tren del tiempo. Que pasa abofeteando el aire sin estaciones donde frenar su feroz marcha.
Me refugio en sus furgones como un fugitivo de la realidad. Caigo en los cielos oscuros de unos ojos apagados. Como las ganas de batallar lo mínimo de la existencia. Respirar.
Esa necesidad tortuosa que pesa más que mi cuerpo deshilachado, desmembrado. Que no es más que un segundo de subsistencia en la tierra de paraísos funestos. Esas tierras que, desde acá no se ven.
Mis océanos son todo lo que hay. Tengo un hueco en la planta de mis pies que deja filtrar toda el agua, y entorpece flotar. Entonces cuando no hay tierras cercanas, cuando las orillas son una relación vaga, de entender por lo que hay que pasar. Descubro que las olas, de las canoas que pasan a la deriva de horizontes vecinos, se van. Y yo me quedo intentando prender una tuca en esta acuosa estadía, sin cerillos ni pierdas que hacer rozar. La única piedra cercana es la de mi corazón, que dejó de ser vital, cuando me sumergí en las aguas eternas, que me acomodan en sus tentáculos y refugian lo que queda de mí.
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